Jueves, 23 de Julio de 2009 13:34
Escrito por Lisardo
Termina de enroscar la pequeña Leica en el adaptador del telescopio, lo ha hecho otras veces así que apenas presta la atención necesaria al gesto. La tarde ha sido calurosa a nivel del mar pero ahora está a unos mil doscientos metros sobre la orilla. Se abrocha la sudadera y observa.
Allí, abajo, ella pasea a su loba, al cobijo de la intimidad de la luna nueva y al arrullo del hoy tibio Mediterráneo. En la mano un trozo de caña arrastrada por la marea. Testigo de su recorrido, un fino surco fruto del contacto de madera y tierra que ha captado todo el interés de su perra que lo demuestra escarbando con la ansiedad. La presencia de las olas que vienen con el cambio de levante a poniente apremian al animal. Lucía mira al cielo, a las estrellas, y allí, allí la ve.
Bleu la tiene enfocada pero no presiona el disparador. Sólo la observa conteniendo el aliento. Titila más que nunca y se pregunta a cuántos años luz estará. Y si eso será más que la distancia que hay entre él y Lucía.
La supernova brilla y el obturador chasquea en el silencio de la noche. Sonríe consciente de que la luz que ha capturado hace años, siglos, que dejó de emitirse.
Que está viendo algo que murió hace mucho tiempo.