Jueves, 09 Septiembre 2010
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Bleu&Lucia

... Lo que los 2 podíamos hacer...
A que mi almohada no vuelva a oler a chocholate, a no volver a cenar nubes de chucherías.

Y no me he acordado de ti hasta pasado un buen rato...

Pasó el dedo por el vaho condensado de la luna delantera del coche y apoyó la cabeza sobre el volante. A pesar de que dentro hacía calor podía notar como el frío intentaba penetrar por cada resquicio y rendija de la carrocería. En el silencio del párking fue consciente de la presencia de su corazón, y de su golpear violento en el pecho. A la derecha su mano temblorosa la ocupaba una serie de cartas enrolladas con esmero y atadas con un pequeño lazo. Bleu estaba desarmado, solo y vencido.

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El día que dijo adiós

A veces Lucía sin motivo aparente, sin tener que ver con el levante o el poniente, y ajena a las fases de la Luna, se levantaba con los ojos muy hinchados, como si hubiera estado llorando toda la noche. Esos días que comenzaban con un caminar patoso por el pasillo de la casa y con la sábana liada alrededor de su cuerpo desnudo, frontera de algodón con la fría atmósfera de las mañanas de la capital...
No eran fáciles.

Como si de una liturgia se tratara se dispuso a poner sus oídos al servicio de la música, acarició con la yema de los dedos sus auriculares blancos, le gustaba el tacto de la goma gris clara que protegía la esfera del pequeño altavoz, los subió lentamente y los pasó despacio por los labios, cortados por el otoño que ya reclamaba su minuto de fama, casi los besó antes de colocarlos definitivamente. Para cuando lo hizo la canción de Yael Naim, Lonely, iba por el segundo setenta, el punto de no retorno.

No fue hasta llegar a su cafetería favorita, White Bar, en el Born, que abrió su portátil. A veces un escalofrío nos recorre la espalda, no sé si preludio de algo desagradable, nocivo o simplemente de un cambio. El caso es que Lucía se estremeció al tiempo que las lágrimas empañaron sus lentillas. Echó la cabeza hacia adelante y todo se oscureció cuando su melena la aisló momentáneamente de la gente que andaba atrapada entre cafés con leche y bikinis.
Fue casi media hora lo que tardó en recomponerse y otro rato más en tramar el plan de huida de la cafetería a ser posible sin mostrar los síntomas del llanto. Tras un par de miradas furtivas por la rendija que dejaba su melena y comprobar que nadie la miraba, cerró el macbook y salió corriendo.

"Las peores mentiras de mi vida se las  he contado a las personas que más he amado".

Así empezaba el texto que leyó Lucía el día...,
el día que dijo adiós.