Jueves, 09 Septiembre 2010
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Bleu&Lucia

Es tarde, de largo medianoche. La calle desierta le responde con un eco a sus pisadas. Los tacones la están matando además de las suelas que se pegan al piso.
Al final, a la altura de la plaza, el empedrado recién regado se evapora con parsimonia dando a lugar a un hedor indescriptible. Si pudiera mirarse en un espejo encontraría unos ojos vidriosos, irritados por el humo, reflejo inequívoco de cuatro vodkas y un Malibú con piña.
La realidad no es otra que la de sus tobillos, que exigen un alto en el camino y el hueco de un portal parece el lugar apropiado para la tregua. Aparta un par de botellas y al fin se sienta. Al gesto de aflojar el zapato le sigue una punzada que la paraliza y le hace cerrar los ojos. Una eternidad más tarde, al abrirlos, puede ver toda la plaza se extendiéndose ante ella, y cómo la tenue luz de las farolas refulgen un pávido resplandor sobre la calzada de piedra.
Hurga en su bolso, es uno pequeño, de fiesta, no recuerda cuando lo compró porque odia los bolsos pequeños, prefiere los que pueden cruzarse. Se jura que no lo volverá a usar al tiempo que el tacto de papel doblado la alerta de que ha hallado lo que fue a buscar. Sonríe cuando lo sostiene, a Bleu siempre le gustó mezclar sus palabras con letras de canciones. La vuelve a leer como otras tantas veces y trata de imaginarse cómo sonaría con su voz. Hacía meses que no lloraba pero si hubo un momento para retomar la costumbre era ese. A veces las lágrimas caen como un ósculo, otras te violan.

Pero esa noche no las hubo. Sólo un par de zapatos abandonados junto a un bolso de fiesta y un retazo de recuerdos volando en espiral cortesía de una corriente cálida y húmeda de aire.

Con las piernas apoyadas sobre la pared, dando forma a la bisectriz del techo abuhardillado estaba tumbada Lucía. Con la vista en un horizonte infinito que se dibujaba tras la ventana que ornaba el techo de la diminuta habitación. Intentaba fijarse en una huidiza y minúscula partícula de polvo que a veces se le escapaba entre rayo y rayo de sol. Cualquier cosa menos tener la mirada perdida, ya había cedido el control de su destino a la entropía, al menos lo que mirara en la próxima media hora sería de su elección. Pensaba en lo extraño que es a veces el silencio y en el significado de la palabra en sí, tenía la sensación de que si alguien no lo rompía le iban a estallar los tímpanos. "Silencio aplastante". El que construyó la frase por primera vez sabía lo que se decía. ¿Le aplastaría al que lo hiciera como a ella ahora?, sobre el pecho, ¿ahogando la respiración?
Desvió la mirada hacia los pies. Hacían un contraste curioso sobre la pared verde pastel. Sin cambiar de postura alargó su brazo derecho, cogió la "Holga", encuadró y disparó. El chasquido del obturador rompió el embrujo y la carga sobre su pecho desapareció. Sacó la instantánea del respaldo Polaroid de la cámara y la dejó sobre la mesa.
Al fin el timbre de la puerta sonó.

– ¿Es la última bolsa?
– Sí.
Se volvió a mirar el salón y el sofá donde antes estaba tumbada.
– ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
– Sí, claro.
– Te dejas algo en la mesa, niña. Ahí.
– No, déjalo. Es para el siguiente. Ya sabes, el siguiente inquilino.
– ¿Qué es?
– Lo siento, es secreto. – Y lo rodeó con los brazos. – Un secreto entre él y yo.
– ¿Cómo sabes que es un "él"?
– Lo he visto.
– ¿Sabes que estás loca verdad?
– ¿Y?

A veces, las noches de domingo, cuando el silencio asfixia y las motas de polvo no brillan a la luz del sol juego a poner los pies en el mismo lugar que Lucía. Hay momentos en que me da la sensación de que sigo sus pasos y otros días, como hoy, de que ella sigue los míos.

– Lucía es... Al levantarte, ya sabes, como cuando la cabeza está todavía medio aturdida y tienes que echarte agua en la cara para espabilar..., y todo está borroso y se enfoca poco a poco. Te miras al espejo para ver tu cara mojada. Ella es lo primero que te brinda el día desde tus pupilas. Como ese solo de piano "The Rose". Como cada nota del increscendo.
Y está tan ajena a mi existencia. Agotando los días que la separan de ese verano que nunca será nuestro.
Supongo que Lucía es una derrota más para mi lista de no-intentos.
– ¿Y qué sentiste?
– ¿Cuando ella me abrazó dices?
– Sí.
– Me entraron ganas de llorar pero me contuve.
– Joder. No lloraste entonces, ¿no?
– Sólo al final, como siempre, al despertarme. You know.
– Y ahí te das cuenta de que es un sueño.
– Sí, al final, cuando ella me abraza o yo la beso me suelo despertar.
– ¿Todos los días?
– Todos.
– Joder Bleu.
– Ya.

 

– Hola Bleu.
– Hola Lucía.
– ¿Te importa si me siento?
– No, claro que no. Espera, quito esto.
– ¿Qué es eso que lees?
– ¿Esto?, es el señor de las moscas. Me lo he bajado y lo he impreso. Está un poco cutre así en folios.
– Ya veo..., ¿y qué tal?
– Bien..., creo.
– Jaja, ¿eso crees?
– Sí..., está bien..., de momento.
– De momento... Oye, ¿de dónde viene lo de Bleu?, es que me muero de curiosidad, es un poco raro, ¿no?
– No es nada especial..., un apodo, por el pelo, ya sabes.
– ¿Por el tinte? ¿Siempre lo llevas así? ¿Pregunto mucho, no?
– Por el tinte, sí siempre lo llevo así y un poco sí que preguntas, la verdad.
– No me gusta quedarme con la curiosidad.
– Ya veo.
– ¿Por qué azul? ¿Por qué ese color para teñirte?
– No te mola el azul ¿eh?
– ¡No!, claro que me gusta, es sólo que es raro, ¿no?
– Y ahora me llamas raro. No te mola mi pelo y ahora me llamas raro. ¿Qué va a ser lo próximo?
– ¡Que sí me gusta! ¿Me lo dices o no?
– No es nada sólo que una vez leí que el morado era un color espiritual, por eso.
– La verdad es que pareces un chico peculiar, sí.
– ¿Ahora me hablas con eufemismos?
– No, no. Es lo que pienso, en serio... Pero no entiendo, ¿entonces por qué te tiñes de azul?
– Porque odio el morado.

 

Sólo he robado una vez en mi vida.
Ya sabéis, coger lo que no es tuyo con el afán de quedártelo. De poseerlo.
No hubo subida de adrenalina, ni siquiera la emoción de romper con las reglas establecidas. Ahora lo recuerdo como una situación espiritual y de compararlo con algo, lo haría con un flechazo. Pasó por delante de mis ojos por casualidad, azar, destino, causa y efecto del devenir de mi vida, qué sé yo. La cuestión es que cuando la vi sentí el deseo, las ganas, la necesidad de llevármela. Nunca conocí a su dueño, desde aquí le pido perdón, si es que sirve de algo. Le podría contar lo breve e intenso de nuestro romance aunque no creo que a estas alturas le importe..., ni siquiera la noticia de que hoy yace marchita. Y que todo el recuerdo que me queda de ella es esta foto.
Si alguien reconoce su orquídea fui yo el que se la llevó. De nuevo, lo siento.


 
Sólo he robado una vez en mi vida.

Pero ha vuelto a suceder. Lo inesperado del encuentro. El deseo. Las ganas de poseerla. Y el hecho de que esto ocurra...

Me hace sentir inusualmente,
vivo.