Jueves, 05 de Febrero de 2009 18:41
Pasó el dedo por el vaho condensado de la luna delantera del coche y apoyó la cabeza sobre el volante. A pesar de que dentro hacía calor podía notar como el frío intentaba penetrar por cada resquicio y rendija de la carrocería. En el silencio del párking fue consciente de la presencia de su corazón, y de su golpear violento en el pecho. A la derecha su mano temblorosa la ocupaba una serie de cartas enrolladas con esmero y atadas con un pequeño lazo. Bleu estaba desarmado, solo y vencido.El día había transcurrido sin incidentes que pudieran anticipar el desastre. Por la mañana había desayunado un Croisant con mermelada acompañado por la música de Yann Tiersen, quizá los acordes de piano en "Le Moulin" eran una pista de lo que se avecinaba pero este tipo de señales son para los que le prestan atención. Lo que vino después del Croisant tampoco auguraba nada negativo. El último cuadro en el que se encontraba inmerso le había arrancado cada segundo hasta muy superada la hora del almuerzo.
Fue por la tarde cuando las nubes de poniente cubrieron la luz de la buhardilla y la lluvia no tardó en hacer presencia. No le gustaba trabajar con otra luz que no fuera la del sol así que dio por terminado el día. Al buscar donde limpiarse las manos se topó con su presencia. Entre los trapos de algodón encontró una camiseta de tirantas arrugada que reconocía. Debió dejarla hacía meses por olvido o quizá no. Fue al salón y se sirvió una copa de vino al tiempo que observaba con detenimiento la prenda. Sin saber por qué, quizá al arrullo del Rioja se acercó al mueble donde ella guardaba las cosas, no le hizo falta mirar, sólo el tacto fue necesario para que supiera qué era lo que palpaba al final del cajón de qué se trataba esa fina cuerdecita que lo rodeaba. Lo metió en la mochila y bajó al coche a toda prisa, por la escalera, saltando los escalones de dos en dos. Ahora era la desdicha lo que se precipitaba por su garganta.
Arrancó el coche. Durante una hora estuvo conduciendo sin rumbo. Los parabrisas zumbaban, la lluvia no iba a dar tregua al domingo, ni él se la iba a dar a él mismo. Cuando decidió detenerse tenía la extraña sensación de saber dónde estaba. El primer pie fuera del coche aterrizó sobre el barro, hizo el amago de cubrirse con la capucha pero no tardó en notar que cualquier esfuerzo sería en vano. Avanzó unos metros y se sentó en un banco de madera algo resguardado del aguacero por un techo de leña. Delante de él se extendía una mar picada y brava, enojada con el mundo, con la existencia, no pudo si no comprenderla. Deshizo el nudo y comenzó a leer, apoyó la espalda en el tronco que ella había utilizado con la misma intención meses atrás.
A partir de ahí todo fue confuso. La lluvia no arreció sino que atacó con furia renovada. Las cartas volaron, una a una, conforme las acababa y cuando esto sucedió ya no había esperanza a la que sujetarse, con la que volver, estaba más que sobrepasado el punto de no retorno.
"Ya sabes como va a acabar esto, que no te pille de sorpresa", decía.
En el coche sonaba "Gloomy Sunday". Sonrió, al fin algo de suerte.
Puso la llave en el contacto y aceleró.

