Lunes, 02 de Junio de 2008 20:15
Se deja caer en la cama muy, muy..., despacio. El eco de sus palabras hace de banda sonora. Empuja la manta hacia abajo con los pies a la vez que se acaricia el lóbulo de la oreja. No puede evitar sonrojarse cuando revive la situación y lo ve besándola con la respiración entrecortada, atrapado en el ardor del deseo que lacera cada bocanada de aire. Sube la colcha hasta la barbilla. Le hace cosquillas. Tira un poco más hasta que en la oscuridad sólo asoman unas pupilas inquietas, reflejo de todo lo que la agita esta noche de 19 de enero. Afuera llueve y él debe estar ya a mitad de camino, probablemente con el corazón a cien, ebrio y feliz, nadando y víctima de la euforia de haber hecho realidad el sueño de su vida. El sueño de su vida. La luz de la ciudad entera se ha mudado a un suelo empapado que danza y juega con los destellos, es como pisar un caleidoscopio. Avanza despacio para no romper el clímax de la melodía, que sin saber cómo, se ha hecho un pequeño hueco en sus pensamientos, arrancándolo de la miel y del esmeralda. Mira hacia arriba y me ve. Desde aquí puedo observar sus ojos conteniendo las lágrimas pero él y yo sabemos que inexorablemente la lluvia va a cesar, el empedrado se secará y saldrá el sol. Me suplica. Siempre lo hace.
