Martes, 07 Febrero 2012
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Con las piernas apoyadas sobre la pared, dando forma a la bisectriz del techo abuhardillado estaba tumbada Lucía. Con la vista en un horizonte infinito que se dibujaba tras la ventana que ornaba el techo de la diminuta habitación. Intentaba fijarse en una huidiza y minúscula partícula de polvo que a veces se le escapaba entre rayo y rayo de sol. Cualquier cosa menos tener la mirada perdida, ya había cedido el control de su destino a la entropía, al menos lo que mirara en la próxima media hora sería de su elección. Pensaba en lo extraño que es a veces el silencio y en el significado de la palabra en sí, tenía la sensación de que si alguien no lo rompía le iban a estallar los tímpanos. "Silencio aplastante". El que construyó la frase por primera vez sabía lo que se decía. ¿Le aplastaría al que lo hiciera como a ella ahora?, sobre el pecho, ¿ahogando la respiración?
Desvió la mirada hacia los pies. Hacían un contraste curioso sobre la pared verde pastel. Sin cambiar de postura alargó su brazo derecho, cogió la "Holga", encuadró y disparó. El chasquido del obturador rompió el embrujo y la carga sobre su pecho desapareció. Sacó la instantánea del respaldo Polaroid de la cámara y la dejó sobre la mesa.
Al fin el timbre de la puerta sonó.

– ¿Es la última bolsa?
– Sí.
Se volvió a mirar el salón y el sofá donde antes estaba tumbada.
– ¿Estás segura de que quieres hacerlo?
– Sí, claro.
– Te dejas algo en la mesa, niña. Ahí.
– No, déjalo. Es para el siguiente. Ya sabes, el siguiente inquilino.
– ¿Qué es?
– Lo siento, es secreto. – Y lo rodeó con los brazos. – Un secreto entre él y yo.
– ¿Cómo sabes que es un "él"?
– Lo he visto.
– ¿Sabes que estás loca verdad?
– ¿Y?

A veces, las noches de domingo, cuando el silencio asfixia y las motas de polvo no brillan a la luz del sol juego a poner los pies en el mismo lugar que Lucía. Hay momentos en que me da la sensación de que sigo sus pasos y otros días, como hoy, de que ella sigue los míos.


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